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Ago 11

La economía mundial al igual que otros elementos también evoluciona. Hace aproximadamente dos siglos atrás el 80% de la economía mundial era eminentemente agrícola. Pero, no nos quedamos hay; fuimos evolucionando. De una economía agrícola, dimos el salto a la economía de manufactura, debido al surgimiento de la revolución industrial en Inglaterra. De la economía de manufactura llegamos a la economía de servicios (que es aquella que no produce bienes materiales de forma directa, sino servicios que se ofrecen para satisfacer las necesidades de la población). De la economía de servicios, llegamos a la economía del entretenimiento, que es donde la persona paga para tener gratificación de sus sentidos. Por esta última, se evidencia el crecimiento del cine, los parques de diversión y el comercio electrónico, principalmente en el área de la pornografía. Algunos presagian que el próximo salto es hacia una economía de diversión, donde el usuario no solo será un espectador que se divierte sino un protagonista de sus propias fantasías.

En virtud de esto nos preguntamos ¿afectan estos movimientos, tendencias y convenciones sociales a la iglesia? La respuesta es un rotundo ¡si! Es así, por lo menos por dos razones fundamentales que debemos tener en cuenta. La primera razón tiene que ver con lo que dice la Biblia. El apóstol Pablo, escribiendo su pensamiento teológico a los hermanos de Roma les dice: No os conforméis a este siglo; sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento… Romanos 12: 2a. Esta iglesia cristiana estaba enclavada en el mismo corazón el Imperio Romano. Estaba ubicada en el epicentro de una cultura secularizada, relativista, sincretista, pluralista y con una profunda tendencia anticristiana. Pablo sabía que había un riesgo de que esa cosmovisión filtrara  en la iglesia y, por consiguiente, en su misión y mensaje.

La segunda razón tiene que ver con el resultado de no someterse a lo que la Biblia dice. Un vistazo a la historia de la iglesia, nos confirma que ella ha tenido que batallar contra las influencias y tendencias del mundo. Desde la era apostólica hasta hoy el peligro de ser aplastados por los tentáculos del engaño y las modas del momento siempre han estado vigentes.

Es notorio, por lo tanto, ver que en la actualidad, la economía del entretenimiento, ha permeado en muchos círculos cristianos, o tal vez deberíamos llamarles seudo-cristianos. Es común (lamentablemente) ver como los cultos y las predicaciones son más para entretener a las personas que para edificarlas y confrontarlas en amor con las expectativas de Dios. Esa economía del entretenimiento ha hecho que los púlpitos se hayan vueltos más recursos de motivación y autoaceptación que medios para llevar esperanza y reconciliar a las personas con Dios por medio de Jesucristo. El ser humano de hoy en día, (incluyendo a los cristianos) no quiere pensar; solo quiere hacer lo que le hace sentir bien y le trae gratificación. Bien afirma Ravi Zacharias cuando dice let's my people think  (que mi pueblo piense). No sabemos si la batalla de las ideas que estamos librando hoy en día es la última, pero si puedo asegurar que es la más sangrienta. Hemos llegado a una bifurcación donde las palabras del anciano Josué retumban todavía “…escogeos hoy a quién servís…” (Josué 24:15). Se hace imperativo hoy más que nunca que podamos discernir los tiempos y combatir la comezón de oír (2 Timoteo 4: 2), por la leche espiritual no adulterada 1 Pedro 2:2. Solo cuando no comprometamos el mensaje del Señor por los gustos y las preferencias de hoy, tendremos verdadera transformación en nosotros mismos, en la iglesia, la sociedad y entonces, la verdadera bendición vendrá.

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