03
Ago 11

Después de haber compartido las bondades de la gastronomía oriental y de la habitual y exquisita compañía de los amigos, que siempre, es ornamentada con conversaciones de sobremesa que casi nunca tienen desperdicios, no sé por qué, me animé a abordar unas de esas unidades de transporte colectivo denominadas OMSA. Ya parado en medio de la multitud en plena avenida 27 de febrero, vestido con el camuflaje del anonimato, espero confuso, el artefacto colectivo que me depositaría cerca de mi destino.

Antes de proseguir, con este relato que todavía no comienza; debo aclarar que mi último up date sobre rutas de transporte público data de mi época de estudiante universitario, por allá,  mediado de los años ochenta. Ante esta realidad, me enfrento a varios dilemas ¿Qué unidad abordar? ¿Cuánto es el costo? ¿Aceptarán billetes de tres cifras? Sin estas interrogantes contestadas, se paró enfrente de mí la popular nave y yo, sin proponérmelo, quedé varado en medio de una ruta de masa frenética que sin ningún tipo de dudas prosiguieron tenazmente hacia su objetivo: montarse en la guagua.  Aturdido e hipnotizado por el bullicio, el calor y el estupor que este tipo de situaciones producen, sin saberlo, ya estaba abordo. No sé si subí, o me subieron, o simplemente, fue la gravedad de la ansiosa multitud que me llevó a ser unos de los privilegiados, que ahora estaban adentro y que con cierto aire de triunfo una sonrisa nerviosa se me escapa por haberlo logrado.

Ya, con el autobús en plena marcha, planificaba en que parte de aquel pasillo interno e imaginario iba a pernoctar. Inicié la casi imposible tarea de ir hacia la parte trasera dónde creía iba a estar más tranquilo, aunque no creo que hubiera reposo alguno, porque allí no había espacio ni para un estornudo. Opté por detenerme, porque si bien no había llegado hasta donde quería, fue hasta donde literalmente pude llegar. Allí me aferré a un tubo vertical como si fuera me único medio de salvación y quedé franqueado por dos personas que tenían como propósito fundirme con el tubo. Una de ellas, era una señora regordeta, alta, pelo lacio con un gran moño que lo tenía más arriba de la coronilla. En una mano llevaba un paraguas, y de su brazo colgaba una funda plástica, con diversos comestibles que distinguí bien a pesar de la posición incómoda en yo que estaba. Puedo atestiguar, sin vacilaciones que a simple vista se podían observar dos aguacates gigantescos, tres cocos secos y una vulgar tajada de auyama. Desde el hombro del mismo brazo, se deslizaba algo que parecía más un macuto que una cartera, y de la cual sobresalían dos ramos de verduras con sus respectivos cilantros. Con el otro brazo se sostenía del pasamano que va a todo lo largo del autobús, pero con un movimiento que parecía más planeado que espontáneo. Del otro lado como vecino inmediato de viaje, había un señor de baja estatura, que parecía luchar más que yo para sobrevivir en aquella travesía. Llevaba una gorra de los Yankees con la visera de lado al estilo reguettonero. Pero después me di cuenta que no era por moda, ni porque él así lo prefería,  sino porque aquella gorra ingobernable no solo se puso de lado, sino hacia al frente, hacia tras, a tres cuarto, y la vi girar por completo, según el rose de las personas al pasar.  Al ser de tan baja estatura, iba más colgado que agarrado del ya mencionado y necesario pasamano. No se notaba perturbado por las necesarias acrobacias a que las condiciones extremas del momento le exigían, porque, lo hacía con tanta destreza que llegué a la conclusión de que era todo un veterano en aquellos oficios.

Un momento de gran tensión me arropó cuando vi que la señora que tenía como vecina de viaje desvainó de su cartera un colosal mango de a libra. Al discernir las intenciones de aquella dama, le abrí los ojos tanto como pude, queriendo con ello desmembrar los planes de llevar a mejor vida la codiciada fruta. Ante mi expresión la señora introdujo el mango nuevamente en su guarida. El plan funcionó, pero por poco tiempo, porque lo sacó de nuevo; entonces era ella la que me miraba con tono desafiante. Le repuse la mirada, y es ese momento que quien paga la consecuencia de aquel duelo mudo es el mango. Con ira, comenzó a devorar aquella fruta, en un ambiente de calor, movimientos acróbatas, humo, y un sincretismo de aromas que no se pueden distinguir uno del otro. Sin poderme ir para otro lado por mi estado paralítico, mí huida, ya no de la señora, sino del mango, resultó infructuosa y mi meta ya no era sobrevivir al viaje, sino a la fruta. Estaba ansioso y mi mente pasó por unas estaciones de emociones indescriptibles. Me hacía la pregunta ¿Quién me mandó a montarme aquí? Cuando acosado por la frustración y las dudas sentí que me succionaba el cuello una materia flecosa, babosa y blanda: el mango del que tanto huí. No sé qué pasó pero al virarme la responsable no estaba allí. Simplemente se esfumó. Pero lo que más me asombró fue que nadie parece haberse percatado de aquella agonía. Todo siguió igual, nadie se inmutó. Todos siguieron con sus miradas perdidas, ahogadas con los afanes de la cotidianidad y de la supervivencia.

Entonces, aferrado a aquel tubo, que solamente soltaría, al momento de salir, me dediqué a observar las personas que me rodeaban. Vi a la empleada pública, bañada en sudor con su uniforme de gabardina marrón; aunque su cuerpo estaba allí, obviamente su mente no. Como no es de asombrar allí estaban las consecuencias de un matrimonio sin divorcio entre dos naciones, como es la realidad de la mano de obra haitiana, casada con el desprecio dominicano. Noté que en los rostros de estos inmigrantes se ve una mezcla simultánea de tristeza y felicidad. Me encontré también con el indecente, que quiere sobresalir por su vulgaridad, y con el bufón que alegraba ciertos tramos con sus ocurrencias. No solamente vi; también oí. Pude ver y oír a una madre aferrada que le daba lecciones de vida a su hijo de algunos diez años. Le hablaba acerca del amor que tenía que mantener hacia su padre, aunque no estuviera en casa, porque los había abandonado. Le decía de cómo tenía que cuidar sus libros escolares usados acabados de comprar; de los tenis del año pasado, que él con más resignación que gusto aceptaba usar de nuevo.

Observe el guardián privado, con su uniforme tan desgastado como el deseo mismo de vivir, le oí hablar de sus trasnoches, de sus rutas diarias y de las edades que ostentaba: la que tiene y la que aparenta. En fin, entrar a aquel autobús fue exponerme a un mundo que había olvidado. Ese autobús era una tribuna ambulante, donde nadie sabe y todos son expertos a la misma vez. Oí hablar de todo. De religión, del calentamiento global, de la inteligencia japonesa, de los alimentos transgénicos, de Chávez y Fidel, de las inesperadas medallas recién ganadas por nuestros humildes atletas, en fin se habló de todo, pero sin conclusiones.  

Al pedir detenerse el autobús, me di cuenta que me bajé dos paradas antes de la planificada. No había nada que hacer. Así que completé mi ruta caminando (y sudando), pero eso me sirvió para reflexionar en lo que a continuación detallo:

Pude ver un mundo en cual creo que estoy desconectado, no porque no pertenezca a él, sino porque no lo frecuento. Es el mundo de los de abajo, de los trabajadores, es el mundo de los que luchan más que por vivir, por existir. Es el mundo de lo que salen con las manos vacías y regresan muchas veces, igual. Es el mundo que me rodea, que me persigue, pero por nada me dejo atrapar. Pero por aquello de las indescifrables situaciones de la soberanía de Dios, me vi allí con la única opción de buscar el propósito de aquella lección de la cual les hago partícipe. Entendí que debo orar más, que debo hacer más, que debo pensar menos y actuar más; que no basta solo con cantar, que no es suficiente solo con querer hacer; es necesario morir. Morir a mis sueños y despertar a las realidades de Dios, al mundo que existe, es la Samaria por la cual no quiero pasar, pero que  Jesús no esquivó. ¿Y sabes qué? Que a pesar de ese impresionante drama cotidiano, la necesidad más grande que tienen ellos y  tenemos todos todos es la necesidad de Dios.

Artículos