El amarse demasiado nunca será suficiente.
Por Otto Sánchez
Cuando los seres humanos comenzamos a
orbitar en torno a nuestros propios intereses.
Cuando estamos en dos mundos: el que hemos
fabricado y el real. Cuando vivimos con una
agenda pautada por prioridades antitéticas.
Cuando perseguimos metas y sueños producto
de los prejuicios y la sed de reconocimientos.
Cuando consumimos lo que caprichosamente
elegimos. Cuando la ovación y la aprobación de
los demás es la savia que justifica nuestra
existencia. Cuando creemos que hacer lo que
queremos es lo bueno. Entonces, se vuelve
evidente de que nos hemos amado demasiado,
pero esto nunca será suficiente para darle sentido
a nuestras vidas y ser felices.
Hay seres humanos que desde niños se
enfrentaron a unos padres que no escogieron,
pero que fueron los que sembraron en sus vidas
el amarse demasiado. Estos mismos niños
crecieron en países que denuncian y se ufanan
en combatir la explotación infantil, pero algunos
de sus críos son explotados por tutores sedientos
de poder, de resentimientos sociales donde
proyectaban sus caprichos en las proles que
manejan como marionetas de guiñol.
Algunos de estos niños se abrieron paso en el movedizo y minado terreno del
entretenimiento, haciendo galas de unos prodigiosos encantos que han atraído al más
indiferente de los mortales. Y precisamente uno de estos niños emergió y desde entonces
ha sido el fenómeno del momento. Y así creció, siempre siendo el fenómeno, no solo del
stage sino que también por desgracia de la vida misma. Creó su propio mundo de
fantasías. Mundo de lleno excentricismos y extravagancias, marcado con una danza de
contradicciones constantes, con pasos y movimientos dignos de elogios y también de
persecución.
Con el paso del tiempo se transformó, porque la semilla de la insatisfacción, el
resentimiento y de vanidad que había sido sembrada en su corazón creció convirtiéndose
en un ent rebelde que él mismo no podía controlar. Este descontrol lo llevó a distintos
escenarios antónimos compuestos por turbas frenéticas, jueces y fiscales. Actuaciones
antípodas por los infantes con reacciones de aplausos y repudios justificados.
Persona con este perfil nunca son felices. Personas que no saben su identidad, nunca
sabrán como actuar, por bien que les vaya en el proscenio. Personas así nunca son felices,
porque cada vez que se miran en el espejo se preguntan ¿Quién soy? ¿De dónde vengo?
¿A dónde voy? El spotlight sobre Michael Jackson se ha apagado. Lo intentó todo,
viviendo siempre al límite. Logró todo lo que provocara ovación terrenal, pero fue un
fracasado en la búsqueda de lo que tiene que ver con la eternidad espiritual. Blanqueó su
cuerpo, pero no su corazón. Nunca fue feliz, porque nunca pudo recuperar los pedazos de
su alma que vendió al mejor postor a cambio de lo fugaz. Las lecciones de Fausto no le
sirvieron para evitar su pacto con Mefistófeles. Su muerte fue tan miserable como su
vida misma y su recuerdo se mueve desde el tono de la gratitud al tono de la repulsión, para traer una presentación desafinada con falsetes que se salieron de control. Su público
sigue divido por quienes le amaron o lo odiaron; y seguirán haciendo memoria de él
viéndoles en el escenario o tras las rejas. Lo cierto es que su vida nos alerta a no amarnos
demasiado, a que no nos olvidemos de Amar a Dios por sobre todas las cosas. A que no
seamos el centro donde todo orbita en torno a los dictámenes de nuestro caprichoso y
voluble corazón.
La Biblia dice:
“Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente". Este es el
primero y grande mandamiento. (Mateo 22: 37-38)
No es la primera vez que se menciona a Dios para tenerlo en primer lugar. En la primera
parte del shema hebreo que los judíos devotos lo recitaban dos veces al día dice:
Oye, Israel: Jehová nuestro Dios, Jehová uno es. Y amarás a Jehová tu Dios de todo tu corazón, y
de toda tu alma, y con todas tus fuerzas. Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu
corazón. Deuteronomio 6: 4-6
Amar a Dios no consiste simplemente en decirles bonitas palabras; no consiste en poses
religiosas. Tampoco en autojustificación que algunos creen encontrar por el trabajo arduo
que hacen para Dios. Nada esto es amor a Dios:
Si me amáis, guardad mis mandamientos. Juan 14:15
Amor y obediencia son inseparables. Amar a Dios es obedecerle, es estar sujeto a él y
nada más que a él. El amor cristiano tiene a Dios como su principal objeto, y se expresa
ante todo en una implícita obediencia a sus mandamientos. No reposa solamente en lo
que persona siente, sino en la sumisión absoluta a lo que Dios propone. Es posible que
digamos que creemos y amamos a Dios, sin embargo, podemos estar lejos de él. Ya Dios
ha pasado por esas situaciones anteriormente cuando le dijo al pueblo hebreo:
Este pueblo de labios me honra; mas su corazón está lejos de mí. Mateo 15: 8
Podemos falsificar la devoción a Dios, podremos hacer muchos actos de bondad.
Podremos inclusive cantar y predicar. Pero eso solo puede impresionar a los hombres,
pero no a Dios que puede ver las intenciones y condiciones del corazón. ¡Amemos a
Dios! Vamos a demostrar amor a Dios mediante un estilo de vida que lo glorifique y no
contradiga su Palabra. A pesar de que algunos puedan creer que el bienestar, el propósito
y la esencia de la vida es enfocarse en la gratificación de sus sentidos, en una búsqueda
constante de lo epicúreo olvidándose de Dios y de su propósito. Aprendamos de los
Faustos de ayer y de hoy no haciendo lo que ellos hacen, porque el amarse demasiado,
nunca será suficiente. |